jun, 2016: Irene Solà

  1. Obra
  2. Presentación
  3. Entrevista
  4. Opinión
  • Irene Solà Louis Garrel

    2015, 7’11”

    En la primavera de 2010 vi en los Cines Maldà de Barcelona La Frontière de l’aube (Philippe Garrel, 2008). La película no me gustó demasiado, pero me llamó la atención el actor protagonista, Louis Garrel.

    Algunos meses después conocí a un chico y empecé una relación con él. Me parecía que se daba un aire a Louis Garrel.

    Pasaron los años y nuestra relación terminó.

    Siempre me quedó la duda de si en primera instancia me interesó ese chico, que se llama Carles, por su parecido con el actor francés, o si bien siempre he seguido con interés la trayectoria de Garrel hijo porque me recordaba a Carles.

    En verano de 2014 visualizo toda la filmografía de Louis Garrel y selecciono las escenas sin diálogo en las que aparece solo. Quince escenas de diez películas.

    Después de mucho tiempo quedo para tomar un café con Carles. Le hablo de Louis Garrel y del proyecto. Le pido que reinterprete las quince escenas.

    Acepta.

  • Irene Solà Jerks Game

    2013, 2’25”

    Le pido a mi compañero de piso, Johannes, que se siente en el sofá y me explique algo que no haya contado nunca. Yo también le contaré algo que no haya explicado nunca a nadie. Nos contamos nuestros secretos a la vez. Su lengua materna es el alemán, que yo no entiendo; la mía es el catalán, que él no entiende. Una vez grabado el vídeo destruimos la pista de audio.

  • Irene Solà Blue Car

    2013, 4’53”

    De noche y desde la calle, grabo ventanas de casas particulares. Tras esas ventanas, personas que no son conscientes de ser grabadas hacen su vida de cada día una noche cualquiera. Sobre estas imágenes, y utilizando el texto como subtítulo, construyo un relato.

Irene Solà es artista y poeta. Nace en 1990 en una masía de Malla y se licencia en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona, tras un intercambio Erasmus en la Universidad Listakáskoli Íslands de Reikiavik. Posteriormente cursa el máster de Literatura, Cine y Cultura Visual en la Universidad de Sussex (Brighton).

Lleva a cabo una investigación multidisciplinaria en la que confluyen la creación artística y la literaria, y que muestra un profundo interés por el cine y la imagen en movimiento. Su obra explora el lenguaje, la construcción de narrativa, la representación, la comunicación, la colaboración, y la naturaleza y complejidades de las relaciones entre personas.

Solà ha sido merecedora de la Beca Art Jove 2015 y la Beca Ciutat de Vic a la Creació Artística 2013. Ha formado parte de la Biennal d’Art Contemporani Català y de la Bienal de Arte Joven Europeo JCE. Es cofundadora del fanzine Vols Russos y organizadora del proyecto expositivo La Ghetto. Ha ganado el Premi de Poesia Amadeu Oller y ha publicado Bèstia (Editorial Galerada, 2012). Participa activamente en el panorama literario catalán y ha formado parte de festivales como Tocats de Lletra o el Festival Internacional de Poesia de Sant Cugat.

Actualmente vive en Londres, donde trabaja en la Whitechapel Gallery, ha sido seleccionada para la ReCreative Film School de la South London Gallery, colabora con la revista de poesía y traducción Alba London y prepara diversos proyectos.

web: http://irenesola.hotglue.me/

Si pienso en la Nouvelle Vague francesa, en seguida me vienen a la cabeza jóvenes seductores que, mientras fuman un cigarro tras otro, son capaces de protagonizar tanto escenas de soledad y silencio como densas discusiones intelectuales, y en todo momento con una elegancia y un existencialismo abrumadores. Son capaces de suicidarse pegándose un tiro por puro capricho sin despeinarse ni tampoco ensuciar demasiado su ropa bien limpia y planchada. Tampoco dejan los interiores urbanos –en los que no falta de nada y donde representa que viven- en situaciones aparatosas para aquel que encuentra sus cuerpos inertes. Sin perder ese estilo pulcro y discreto se deslizan de un plano a otro y se mueven en los espacios de la clase acomodada de una Francia de posguerra. Todo ello acompañado de bandas sonoras agradables, más silencios, más tabaco y algunos enredos amorosos de los que casi no expresan nada, como si hubieran ido a parar allí por inercia, como si se dejasen caer de relación en relación por alguna lógica que no acentúa ni mengua esa aparente indiferencia hacia todo lo que les caracteriza. Estos personajes, eruditos por naturaleza, cargados de aburrimiento, encarnan una representación del amor y la vida totalmente romántica. Y es que las cosas los superan y la cotidianeidad es tan fácil y tan trágica… Y por algún motivo, estas actitudes algo victimistas y desoladas nos atraen. Quizá porque parece que están de vuelta de todo y todavía son jóvenes y guapos y nunca dejan de serlo. Quizá porque en sus vidas es todo tan fácil que tan solo tienen que dedicarse a leer, a fumar, a pensar, a pasear con las manos en los bolsillos o a autodestruirse. Y no pasa nada.

Recuerdo que cuando estudiaba en la Facultad de Bellas Artes, allá por 2010, alguien nos pidió que llevásemos alguna cosa que nos definiese o que marcase intensamente nuestros objetivos vitales. Una compañera llevó un fragmento de no sé qué película francesa en blanco y negro en la que un chico y una chica bebían vino y fumaban mientras pausadamente se hacían preguntas absolutamente reveladoras sobre el sentido de la vida o algo así. Mi compañera dijo que le gustaría muchísimo encontrar a alguien parecido a esos dos personajes con quien compartir la vida e inundar la cotidianeidad de conversaciones de ese tipo. Esta chica no era Irene Solà, aunque por su vídeo Louis Garrel (2015) bien podría parecerlo. Fue en 2010, también, cuando esta artista y poeta de Malla vio en el cine la película La Frontière de l’aube, de Philippe Garrel, premiada en Cannes en 2008 y protagonizada por el hijo del director, Louis Garrel, y la actriz Lara Smet, que representan a una pareja que acaba rompiendo. Algún tiempo después Solà conoció a Carles, un chico que le recordaba al joven Garrel. Empezó una relación con él que duró algún tiempo, y años después Solà le pidió si podía representar para ella y su cámara unas escenas que tenía pensadas. Carles aceptó y de repente se encontró representando a Louis Garrel, haciendo reenactamientos de las escenas de la filmografía del actor francés, en las que aparece solo, sin diálogos. Las escenas han sido escogidas por Solá para que Carles las reinterprete. Al aceptarlo, Carles se multiplica y deja de ser él mismo, como un camaleón capaz de adoptar, vestir y desaparecer en el entorno escogido.

En este sentido, cuando representa esta multiplicidad de identidades y se transforma de un personaje al otro, como si se tratase de una apariencia atrapada en un proceso de metamorfosis constante, resulta relevante el escrito de Solà sobre las distintas performances de Carles, o quizá de Louis:

Frédéric bebe, en una gasolinera, un verano en que hace mucho calor. François llama a Carole. Carole no responde. Los vivos llevan flores a los muertos. François lleva una piedra a Carole. Clément fuma y se balancea. Acaricia la foto de mi madre en l’Escala. Nemours gasta un portal pero nadie baja. Jonathan pasea frente al escaparate de una librería y hace ver que es invierno. Pierre reza ante una lámpara. Frédéric llora y François yace en la calle con la cabeza abierta. Unas manchas de betún brillante ensucian los adoquines. Una señora se asusta fuera de plano. Carles le dice: “No se preocupe, señora”. Ismael se despierta en la cama de Martí y cuando ve la cámara ríe y dice: “¡Paparazzi!”. François habla con el gato. El gato se va. El gato se llama Henry. El gato está enfadado. Theo prepara unos huevos fritos. Pascal lía un porro. Otro François se baña. Tiene la cara sucia de carbón de hacer barbacoas.[1]

Y acto seguido el vídeo se acaba y de nuevo tampoco pasa nada. Una nada cotidiana como la que habían representado la generación de jóvenes directores reconocidos dentro de la Nouvelle Vague, y que gracias a la popularización de las herramientas cinematográficas pudieron rodar sus entornos cercanos en la atmósfera anímica de una generación de posguerra, estableciendo nuevos lenguajes de la narración audiovisual que escapaban a los convencionalismos marcados por las películas más comerciales de la época. Casi simultáneamente, también en Francia y a finales de la década de los 50, las cámaras de vídeo resultaron ideales para antropólogos y etnólogos, entre otros perfiles, que se preguntaban por la forma, la imagen, la apariencia de aquello que llamamos realidad. De ahí surgen películas como Chronique d’un été (1961) de Jean Rouch y Edgar Morin, considerada una pieza central no solamente de la Nouvelle Vague sino también del movimiento que Morin denominó cinéma vérité. La película empieza con una discusión entre los dos directores sobre si es posible que un sujeto no actúe cuando está frente a la cámara. Podríamos interpretar la inquietud que mueve Solà a realizar Louis Garrel como un paso más allá de los dilemas de Rouch y Morin. No solo pone en cuestión si Carles actúa o no cuando se encuentra frente a la cámara, sino que, además, y principalmente, la artista parece buscar el origen del interés que en un momento dado sintió por él. O quizá por Louis. ¿O era François? Desde detrás de la cámara nos llega una voz que le pregunta al personaje escurridizo y fantasmagórico que ocupa la pantalla: “¿Era a ti a quien veía?” Y él parece que juega con ella, riendo, mirando a cámara, fumando y transformándose, fundiéndose y dejándose caer de una escena a otra en la trampa que se ha puesto la propia artista.

Y aún y así, no pasa nada.

Anna Dot (Artista y crítica de arte)

[1] Escrito de Irene Solà para la Sala d’Art Jove.

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